Cuando se comienza el estudio del Sefer Shemot (Libro del Éxodo), también se inicia un periodo conocido como Shovabim (שובבי»ם). Al hacer una búsqueda de este término en Google, encontramos una avalancha de información: desde páginas judías hasta coaching «cabalístico» (o más bien, de cábula) prometiendo «ahuyentar a tus demonios», enfrentar a tu yetzer hará con meditaciones complejas, etc. En la gran mayoría de esos artículos veremos un hilo conductor: la culpa y el miedo.
En este artículo vamos a darle una perspectiva menos aturdida por la religiosidad y las «energías oscuras», sin mortificación. Mi objetivo es entender y plantear los mecanismos psicológicos y éticos que la Torá nos ofrece para que nuestra percepción de la realidad sea más acorde a los hechos.
¿Qué es realmente Shovabim y cómo podemos utilizar este periodo, no como una penitencia mística, sino como un sistema de entrenamiento racional para la voluntad humana?
Shovabim es un acrónimo que agrupa las primeras seis parashot del Sefer Shemot:
- Shemot
- Vaera
- Bo
- Beshalaj
- Yitró
- Mishpatim
Históricamente, este periodo no aparece en el Talmud como una observancia especial. Fue el Tur (Oraj Jaim 685) quien mencionó la costumbre de ayunar, originalmente por razones de salud física durante el invierno. Fue mucho más tarde, con la expansión de la cábala luránica y el jasidismo, que se transformó en un tiempo dedicado exclusivamente al Tikun HaBrit (rectificación del pacto sexual) con un enfoque altamente metafísico.
Quiero descartar la superstición, pero rescatar la estructura. ¿Por qué? Porque el arco narrativo de estas seis semanas contiene una historia crucial a nivel psicológico para aligerar nuestra carga cognitiva: el paso de la esclavitud a la autogestión legislada.
Desmitificando el término
El nombre deriva del libro de Yirmiyahu (Jeremías) 3:14: «Shuvu banim shovavim« («Regresad, hijos rebeldes»).
La palabra hebrea Shovav no significa «malvado». Significa «travieso», «impulsivo», «inmaduro». Un niño shovav es aquel que rompe cosas, no por maldad, sino porque carece de límites y es fiel a su impulso inmediato. Lo cual, en sí mismo, no es «malo».
Por lo tanto, Shovabim no es el tiempo para castigarnos por ser «pecadores oscuros», sino el tiempo para dejar de ser niños impulsivos. Es un proceso de maduración del carácter: pasar del dominio de la gratificación inmediata a una conducta que opera con ética y razón.
Encontraremos mucho material definiendo Shovabim únicamente como el momento del «tikún de la emisión de semilla en vano». Pero si vamos más allá de esta aflicción por la autosatisfacción masculina (una visión reduccionista y heteropatriarcal que ignora la complejidad humana), descubriremos que el asunto real es aprender a gestionar nuestra energía para tener circuitos de recompensa más sanos.
Es cierto que vivimos en una sociedad hipersexualizada y adicta a los estímulos rápidos (redes sociales, comida chatarra, pornografía). Todo esto satura nuestros receptores de dopamina, erosionando nuestra capacidad de concentración, nuestra paciencia y nuestra sensibilidad hacia los demás.
El error no radica en la biología, ni en darle «hijos a Lilith». Una de las palabras en hebreo para lo que solemos traducir como «pecado» es Jet (חטא), que literalmente significa «errar el objetivo».
Las conductas humanas son complejas. Proponer soluciones simplistas para todas ellas es ingenuo, por no decir torpe. Hay cosas que no bastan con «proponerse»; algunas requieren ayuda profesional y un esfuerzo intelectual que asuma las condiciones materiales, culturales y genéticas de cada individuo.
En este sentido, podemos aprovechar este tiempo para analizar «dónde estamos errando el objetivo». A veces, la solución no es un ayuno místico ni pura fuerza de voluntad. La fuerza de voluntad es un recurso cognitivo finito; se agota con el cansancio y el estrés.
Los ayunos, los salmos como segulot, la tzedaká o el Gilgulei Sheleg (rodar por la nieve desnudos como acto de penitencia) pueden ser prácticas folklóricas o lúdicas, pero no detonan ningún cambio real si no existe un mínimo acto de curiosidad para identificar los detonantes diarios que te llevan a «errar el objetivo». Esos actos, aunque valorados por la tradición mística, no ayudan por sí solos a que la persona se haga responsable y deje de sabotearse.
No hay recetas mágicas porque cada persona tiene su genética, su trauma y su entorno particular. Pero algo que sí podemos hacer para encontrar nuestros «cómos» es empezar por entender una regla básica: ¡No puedes gestionar lo que no mides!

Antes de intentar cambiar una conducta compulsiva (ira, pornografía, procrastinación), debes entender su algoritmo. El cerebro opera en bucles: Señal -> Rutina -> Recompensa.
No te vuelvas loco queriendo cambiar todo de golpe. Primero, observa. Lleva un registro (en tu celular o libreta) cada vez que sientas el impulso. ¿Qué hora era? ¿Dónde estabas? ¿Cómo te sentías (aburrido, solo, estresado, hambriento)?
El objetivo es pasar del piloto automático (Sistema 1) al análisis consciente (Sistema 2). Descubrirás que no eres «malo», sino que estás reaccionando a patrones específicos que puedes prever y gestionar. Y si el asunto te sobrepasa, la acción más valiente y racional es acudir a un profesional (psicólogo, psiquiatra, médico).
Y si, teniendo las herramientas y el entendimiento, decides no hacer nada, entonces no serás «malo», pero estarás eligiendo vivir en la inercia y la necedad.
Este es el verdadero trabajo de Shovabim: dejar de rezar para que el deseo desaparezca mágicamente y empezar a construir sistemas que sostengan la vida que quieres vivir. A veces, la acción más «espiritual» —el verdadero Tikún en el mundo real— es borrar una aplicación, cambiar de ruta al trabajo, agendar esa cita médica o beber esa cerveza pendiente con un amigo.
