En la porción de la Torá de esta semana, Parashá Bo, llegamos al límite de la desesperación con la terquedad del Faraón. Egipto ha colapsado; la infraestructura agrícola ha sido aniquilada por el granizo y las langostas, y el tejido social del imperio se ha roto después de tres días de oscuridad.
Los asesores del régimen le dicen al Faraón que ¡ya estuvo!
«¿Acaso no sabes todavía que Egipto está destruido?» (Shemot 10:7)
Las condiciones están dadas para que la negociación comience y Faraón acceda a dejar ir a los hebreos. Pero en lugar de todo eso… acelerará la destrucción.
Hoy por la mañana, mientras le daba una nueva estudiada a la Parashá, me acordé de un texto de Edgar Allan Poe titulado «El demonio de la perversidad». En ese texto, que es tanto un pequeño ensayo como un cuento, Poe describe una pulsión primitiva: un impulso de hacer algo por el solo saber que no debemos hacerlo.
En el texto dice:
«Estamos al borde de un precipicio. Miramos al abismo: nos sentimos mal y nos mareamos. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente nos quedamos… No hay pasión en la naturaleza tan demoníacamente impaciente como la de aquel que, estremecido al borde de un precipicio, medita así en arrojarse a él… porque sentir que ello implica la aniquilación, es lo que nos fuerza a esa misma aniquilación».
Nietzsche, en Más allá del bien y del mal, dirá algo también sobre el abismo y los monstruos que es similar a esto de Poe:
«Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Y si miras mucho tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».
Faraón ha estado mirando ese abismo durante las plagas y su «demonio perverso» ha ido in crescendo. En la Torá tenemos dos palabras que van marcando este proceso en la conducta de Faraón: kaved (כָּבֵד – pesadez) y jazak (חָזָק – fuerza). Estas dos palabras irán acompañando al corazón del Faraón y nos dicen mucho de cómo este fue aniquilando su capacidad de entendimiento de la realidad; una realidad que lo superaba y evidenciaba la decadencia de su régimen.
Kaved (כָּבֵד) aparece cuando Faraón siente alivio o cree tener el control (Shemot 7:14, 8:11, 8:28, 9:34, 10:1); es la inercia de sus creencias, donde está racionalizando las cosas y mantiene una falsa seguridad. «Está al borde del precipicio», debería retroceder… pero se queda.
Y Jazak (חָזָק) aparece cuando la situación es insoportable y lógicamente debería rendirse, pero se mantiene en su error (Shemot 7:13, 9:12, 10:20, 10:27, 11:10) y… quiere saltar al abismo. Su deseo de salvarse ha sido derrotado por su deseo de saltar, que es jazak, fuerte: el demonio de la perversidad.
Pienso que la enseñanza que nos deja la conducta de Faraón es muy valiosa, ya que tenemos este asunto todo el tiempo: cuando enviamos ese mensaje hiriente sabiendo que destruirá la relación, cuando invertimos más dinero en un negocio muerto, cuando defendemos una mentira aunque ya nos descubrieron. En esos momentos, pensamos que estamos siendo firmes, pero en realidad estamos siendo «demonios perversos» incapaces de detenernos.
La realidad no negocia. Aprendamos a asumir las pérdidas.
¡Shabat Shalom!